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Durero El Caballero La Muerte Y El Diablo Analysis Essay

Julián González Gómez

Alberto Durero (Albrecht Dürer en alemán), es sin ninguna duda el artista más importante de Alemania en la última parte del siglo XV y la primera del XVI. Este artista es conocido no solo por su pintura, de la que llegó a ser un maestro consumado, sino también por sus grabados, realizados con una técnica exquisita nunca superada. Hombre del renacimiento, Durero exploró un sinnúmero de campos del saber y todos eran caminos que conducían al saber último y vital: el arte.

Nacido en Núremberg, el 21 de mayo de 1471, Durero era hijo de un orfebre de origen húngaro que emigró a esa ciudad y se estableció en ella con bastante éxito. Por ese entonces, Núremberg era una ciudad próspera y cosmopolita, con gremios de artesanos bien establecidos y cuya formación era muy rigurosa. Desde muy joven frecuentó el taller de Michel Wolgemut, uno de los grabadores más importantes de la ciudad, en donde aprendió no sólo el dibujo, sino también la xilografía para realizar grabados. Pintó su primer autorretrato a la edad de 13 años y en él ya se puede ver su aprecio por  la línea sinuosa, que sería su compañera por el resto de la vida. Durero acostumbraba dibujar todo aquello que le llamara la atención, con el fin de llegar a dominar la anatomía de los seres vivos y representar la naturaleza de la forma más naturalista posible. La influencia de los maestros flamencos del siglo XV es evidente en sus obras, ya que nunca perdió el sentido de la representación exacta del detalle y el dibujo preciso. En 1494 se casó con Agnes Frey, a quien había regalado un autorretrato en el que sostenía un cardo, símbolo de la fidelidad y que se considera el primer cuadro de la pintura europea en el cual el artista es el protagonista. Poco después realizó su primer viaje a Italia, en el cual tuvo un contacto directo con el arte del renacimiento por primera vez. Cuando regresó a Núremberg iba decidido a implementar los avances de la pintura italiana en Alemania y se aplicó al estudio sistemático de los principios de la proporción y la simetría.

Realizó varias series de grabados que le dieron una enorme fama, no solo en los estados alemanes, sino también en Flandes y hasta la misma Italia. País al que volvió entre 1505 y 1507 y en el que entró en contacto con varios artistas, sobre todo venecianos. De regreso otra vez a su ciudad, siguió aplicando sus estudios y conocimientos para publicar no solo nuevas series de grabados, sino además dos libros sobre teoría estética que serían publicados al final de su vida: Los Cuatro Libros de la Medida, publicado en 1525 y Los Cuatro Libros de la proporción humana, publicado en 1528.

Posteriormente, ya precedido por su fama, realizó un viaje a Flandes, en donde se entrevistó con el monarca Carlos I y luego a los Países Bajos. De este viaje dejó abundantes notas y comentarios, que lo revelan como un hombre sereno, inteligente y culto como el que más. Durero tuvo muchos méritos en vida y no sólo en el campo artístico: llegó a ser personaje principal de su ciudad y un próspero empresario de su propia obra, en especial de los grabados. Respetado y admirado en toda Europa, su influencia se dejó sentir en los artistas de varias generaciones, hasta el punto que el movimiento decimonónico de los Nazarenos reconoció en él a su maestro y mentor.

A pesar de su febril actividad, siempre encontró tiempo para pintar cuadros. En sus pinturas los colores son brillantes y aplicados con un sentido máximo de la economía y el valor preciso para lograr el efecto deseado, que siempre fue la representación exacta de lo que captaba su aguda mirada, entrenada por un sinnúmero de estudios. A veces se le ha achacado a Durero una pobre penetración en la psicología de sus personajes retratados, elemento que sacrificó en bien de la exactitud, pero basta ver los retratos que hizo de su maestro Wolgemut o el rápido esbozo del retrato de su madre anciana para desmentir este supuesto. Durero cabalgó siempre con un pie puesto en el gótico flamenco y el otro en el renacimiento italiano, pero a pesar de esa circunstancia, su pintura está revestida de una dignidad y originalidad pocas veces superada. Murió en su ciudad a los 54 años, colmado de honores.

Este grabado presenta varias imágenes simbólicas que en conjunto pretenden generar un mensaje edificante en el espectador, tomando en cuenta que el grabado tenía una mayor acogida que la pintura, ya que era más fácil de adquirir y era por lo mismo más accesible a personas de diversa condición económica. Así, el grabado tenía bastante difusión, ya que se podían reproducir gran cantidad de copias de la matriz original, la cual siendo metálica, como en este caso, era mucho más durable que las planchas de madera. Por ello, se precisaba ensalzar el carácter didáctico de las imágenes, con el propósito de difundir ideas moralizantes, aunque en otros casos también se empleó como vehículo de crítica política y social.

La figura central y dominante es la de un caballero que va al paso montado en un corcel con elegantes arreos. Va completamente armado y se nota que se dirige a la lucha y no viene de ella, de ahí su circunspección y el aplomo que presenta en su postura y gesto; es el guerrero que va en busca de su destino. A su lado va la muerte, con las carnes putrefactas y serpientes en el pelo. La horrorosa figura va montada en un caballo viejo de paso renqueante y porta un reloj de arena que marca el tiempo, que se acaba ineluctablemente para todo mortal. Atrás va el demonio, ser fantástico y sobrecogedor, que está compuesto por la combinación de varios animales y parece que no ha llamado la atención del caballero, que pasa a su lado sin conmoverse. En la parte inferior se puede ver a un perro, que sigue el paso del caballero y representa la fidelidad. Un lagarto, símbolo del alma que busca la luz, parece estar huyendo de la escena, como una premonición de que va a ocurrir un hecho terrible y oscuro, que acentúa la calavera tirada a la vera del camino. El paisaje rocoso y lóbrego nos remite también a una atmósfera de ominosos presagios, es al valle de la muerte al que está entrando el caballero y su aplomo nos indica que tiene una tarea que va a cumplir, a pesar de las visiones terribles que se le están apareciendo. Cada quien puede sacar las conclusiones que mejor le parezcan.   


Cápsulas de Arte

¿Por qué cabalga tan adusto este caballero surgido del buril de Durero en 1513? Algunos elementos para regresar la escena a la memoria: atrás ha quedado el diablo obsceno y carnavalesco que lo ve alejarse en una mezcla de imbecilidad y pasmo. En su flanco derecho, un señor Muerte (en alemán, “muerte” –derTod– es de género masculino) busca llamar su atención mostrándole las arenas que le restan de vida. Pero ni uno ni otro consiguen distraerlo: el caballero cabalga imperturbable enfundado en su armadura gótica, con la espada envainada y la lanza recargada en su hombro derecho en posición de descanso –pero no por ello, menos poderosa, como lo confirma la cola de lobo en su punta, suerte de pleonasmo visual pues Hildewulf, literalmente “lobo de la batalla”, es la metáfora para designar, según Borges, al guerrero de las sagas germánicas.

En la misma dirección en que se desplaza al trote su caballo brioso y ejemplar, corre un perro ovejero: único elemento que se desliza con la ligereza de la vida común y corriente. Al fondo, por encima de un paisaje escarpado y boscoso, se eleva una ciudad fortificada con dos torres: presumiblemente el fin del camino que, con una leve inclinación ascendente –ahí está el movimiento en espiral del paisaje–, sigue nuestro férreo personaje.

Sabemos que este grabado en cobre, titulado El caballero, la muerte y el diablo, forma parte de los “grabados maestros” junto con San Jerónimo en su estudio y Melancolía I. Tradicionalmente se ha visto en la obra que nos ocupa una alegoría de “la vida del cristiano en el mundo práctico de acción y decisión”, uno de los preceptos que Erasmo de Rotterdam consignara en su Enquiridión /Manual del caballero cristiano (1501).

Tal vez no sería arriesgado afirmar que, al concebir Durero su obra, la incertidumbre en el horizonte general (los cismas de la Reforma se avecinaban) y en el personal (intentos infructuosos para colocarse en Venecia, su matrimonio sin hijos se desmoronaba, la inminencia de la muerte de su madre) influyeron en el artista de Núremberg para buscar la representación de un ideal por seguir, entre tanta vicisitud y desasosiego. De ahí lo aleccionador del mensaje: el cristiano como caballero imperturbable que recorre el bosque de la vida, firme en cumplir la cita con su sagrado destino. La armadura férrea es una alegoría de su espíritu inquebrantable. Pero ¿era necesaria tanta severidad en la actitud, el gesto exageradamente adusto para comunicarnos la importancia de su misión? ¿Acaso en el lejano mundo de Durero resultaba inconveniente tomarse las responsabilidades sin gravedad de por medio, humanizarse un poco, sonreír quizás?

La muerte

Desde su aparición, la maestría técnica y el innegable carácter alegórico de El caballero, la muerte y el diablo ha servido de punto de partida para nuevas reelaboraciones. Es el caso de un volumen en octavo que duerme en las bibliotecas un sueño injusto: Variaciones sobre un tema de Durero, compiladas en 1968 por Alberto Manguel para la editorial Galerna de Buenos Aires. Entre los autores reunidos, aparecen Jorge Luis Borges con el soneto “Ritter, Tod und Teufel” (título original en alemán del grabado), y su amiga y cómplice de lecturas, Silvina Ocampo, con el cuento “El bosque de tarcos”.

El soneto incluido de Borges es, en principio, un vaciado en palabras de la plancha de metal: el “yelmo quimérico”, el “severo perfil”, el “imperturbable caballero”, son alusiones directas al grabado de referencia. Pero muy pronto, el escritor argentino matiza y oscurece los entramados de las líneas escuetas. Así surge la “cruel” espada del jinete, que es calificado de “caballero de hierro” no tanto por su armadura, como por sus ambiguas cualidades morales: “Tu dura suerte es mandar y ultrajar”. Un uso sesgado y eficaz de los adjetivos cambia la valencia de la “caterva obscena” (el diablo y la muerte) que se vuelve frente al caballero temible, “torpe y furtiva”. De modelo moral, el otrora paladín cristiano pasa a ser jinete del Apocalipsis.

Un poco después, Borges publica el libro de poemas Elogio de la sombra (1969). Ahí nos ofrece “Dos versiones de ‘Ritter, Tod und Teufel’”. La primera es el mismo soneto incluido en las Variaciones; la segunda, un poema en verso blanco que involucra y retrata más abiertamente al propio Borges. El caballero sigue siendo “aquel hombre de hierro y de soberbia”, pero su cabalgar eterno recorre un camino distinto al del poeta: breve, dolorosamente fugaz. A través del “perdurable sueño de Durero”, el poeta observa por contraste el retrato de su propia muerte. Mientras el caballero prosigue “imperturbable, imaginario, eterno”, Borges, a la sazón de setenta años, vislumbra el fin de su destino humano:

A mí, no al paladín, exhorta el blanco

Anciano coronado de sinuosas

Serpientes. La clepsidra sucesiva

Mide mi tiempo, no su eterno ahora.

Yo seré la ceniza y la tiniebla...

El diablo

Lejos de ofrecer una recreación en luces y sombras, en el cuento “El bosque de tarcos” Silvina Ocampo introduce colores, texturas y otros elementos imaginativos que dan plasticidad al grabado original. Aunque hace un seguimiento casi textual de los elementos elegidos por Durero, también incorpora elementos sorpresivos (flores violeta que caen de los árboles), humorísticos (la muerte que le toma el pulso al caballero como si fuera su médico), pero sobre todo irreverentes: el caballero, “tan presumido como feo”, lejos de pensar en el mundo “del heroísmo, las aventuras, las hazañas”, repite argentinismos incoherentes como un insensato. La distorsión de tintes caricaturescos así propuesta gana terreno por la conciencia de autorreferencialidad, suerte de marco metaartístico que hace evidente a los personajes la excentricidad de estar habitando un espacio paródico semejante a un cuadro, donde la ironía y el absurdo han hecho de las suyas: “Lo más importante de todo para nosotros es olvidar el tiempo y saber que estamos viviendo en el mundo de quien nos mira en este instante”, dice el diablo en un tono teatral y juguetón casi al final de la historia.

Epílogo: el azar

Ese Tiempo –“clepsidra sucesiva”– que mide la existencia física de Borges, no está menos presente en el relato irreverente de Ocampo por el hecho de que sus personajes jueguen con él y pretendan abolirlo. De la elegía a la parodia puede mediar apenas el perfil de una sombra. En particular, la de este caballero imperturbable, que cabalga “soberbio” (en palabras de Borges) y “presumido” (en palabras de Ocampo), indiferente a nuestros ojos que poco saben de la edad de la caballería.

Lupa de por medio y con un manual de armaduras en la mano, es posible apreciar en el grabado detalles del arnés gótico que porta el caballero, muy usado a fines del siglo xv en Alemania, de estilo anguloso, con puntas en las placas y estrías en abanico en el peto y las escarcelas. El yelmo de visera móvil –alzada en el grabado de Durero– resguarda sólo la parte superior del rostro. Para proteger el resto –mejillas, barbilla y garganta– se empleaba una pieza separada: el gorjal. Pero este aditamento no aparece en el grabado maestro. Insólito que este caballero, armado tan cabalmente, no porte el gorjal que corresponde.

La lupa se desliza entonces hacia la mandíbula del personaje, reacia a creerlo. Pero no, habrá que admitir que somos nosotros quienes nos equivocamos. Durero no ha perdido detalle en el atavío de su paladín perfecto: la imagen observada con detenimiento permite reconocer un gorjal trabajado tan a la medida de las facciones del caballero que se confunde con su rostro. Cruel malentendido: es una pieza de metal la que simula la dureza del gesto, esa soberbia imperturbable con que lo hemos comúnmente juzgado. Y una vez que se ha reconocido el gorjal, es posible vislumbrar detrás el rostro sereno del caballero, su semblante casi alegre. No sería improbable considerar que fuera feliz al encuentro con su destino, o que incluso estuviera sonriendo –y con él, el propio artista de Núremberg que tal vez se ríe de nuestra ceguera. Vaivenes del azar. Ya lo decía el hacedor en el prólogo de Elogio de la sombra: “Sólo los errores son nuestros.” ~

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